... HURTFEW ABBEY : 2009

5/11/09

Simón Bolívar dice...



Los europeos pensáis que solo lo que inventa Europa es bueno para el universo mundo, y que todo lo que sea distinto es execrable. En cambio, la política depende de dónde se hace y cuándo se hace. Durante la guerra a muerte yo mismo di la orden de ejecutar a ochocientos prisioneros españoles en un solo día. Hoy, en circunstancias iguales, no me temblaría la voz para volver a darla, y los europeos no tendrían autoridad moral para reprochármelo, pues si una historia está anegada de sangre, de indignidades, de injusticia, ésa es la historia de Europa.

A medida que se adentraba en el análisis iba atizando su propia furia, en el gran silencio que pareció ocupar el pueblo entero. El francés estaba abrumado. El general evocó las matanzas horrorosas de la historia europea. La Noche de San Bartolomé, dos mil muertos en diez horas. En el esplendor del Renacimiento, doce mil mercenarios a sueldo de los ejércitos imperiales pasaron a cuchillo a ocho mil habitantes. Y la apoteosis: Iván IV, el zar de todas las Rusias, bien llamado el Terrible, exterminó a toda la población de las ciudades intermedias entre Moscú y Novgorod, y en ésta hizo masacrar en un solo asalto a sus veinte mil habitantes, por la simple sospecha de que había una conjura contra él.

-Así que no nos hagan más el favor de decirnos lo que debemos hacer- concluyó - No traten de enseñarnos cómo debemos ser, no traten que seamos iguales a ustedes, no pretendan que hagamos bien en veinte años lo que ustedes han hecho tan mal en dos mil. ¡Por favor, carajos, déjennos hacer tranquilos nuestra Edad Media!.


"El general en su laberinto" Gabriel García Márquez, 1989

2/11/09

Una de romanos



Hasta ahora, para hablar de Roma, en italiano, no se ha usado más estilo que el áulico y apologético. Mas estoy persuadido de que precisamente por esto bien poco ha quedado en la cabeza del lector. No hay nada más fatigoso que seguir una historia poblada tan sólo de monumentos. Y yo mismo debí luchar no poco contra los bostezos cuando quise volverla a estudiar desde el principio. Hasta que topé con Suetonio y con Dión Casio que, habiendo sido contemporáneos de aquellos monumentos, o por lo menos coevos, no alimentaban para con ellos un respeto tan reverente y timorato. Siguiendo sus huellas, acabé hojeando también todos los demás historiadores y cronistas romanos. Y fue como dar vida a la piedra. De golpe, aquellos protagonistas que en la escuela nos presentaron momificados en una actitud, siempre la misma, no de hombres, sino de símbolos abstractos, perdieron su mineral inmovilización, se animaron, se colorearon de sangre, de vicios, de flaquezas, de tics y de pequeñas o grandes manías; tornáronse, en suma, vivientes y verdaderos.

¿Por qué habríamos de tener más respeto a esos personajes que el que les tuvieron los propios romanos? ¿Y se les hace un gran favor dejándoles sobre el pedestal en una fría sala de museo? Conozco a jesuítas que han escrito hagiografías libres de prejuicios, donde los santos aparecen como eran, hombres entre hombres, con sus terquedades y rarezas. El hecho de que muchos de ellos hayan cometido errores no quita nada a su santidad, al contrario. Y lo que hace grande la Historia de Roma no es que haya sido hecha por hombres diferentes a nosotros, sino que haya sido hecha por hombres como nosotros. Ellos no tenían nada de sobrenatural. César fue de joven un gran canalla, mujeriego toda su vida y peinaba bisoñé porque se avergonzaba de su calvicie. Esto no contradice su grandeza de general y de hombre de Estado. Augusto no pasó todo su tiempo, como una máquina, organizando el Imperio, sino también combatiendo la colitis y los reumatismos, y por poco no perdió su primera batalla, contra Casio y Bruto, a causa de un ataque de diarrea.


"Historia de Roma" Indro Montanelli, 2009

1/11/09

Cuando el mar era antiguo



Realmente el mar nos aniquila y nos consume, agota nuestra fantasía y nuestra voluntad. Su infinita monotonía, sus infinitos cambios, su soledad inmensa nos arrastra a la contemplación. Esas olas verdes, mansas, esas espumas blanquecinas donde se mece nuestra pupila, van como rozando nuestra alma, desgastando nuestra personalidad, hasta hacerla puramente contemplativa, hasta identificarla con la naturaleza.

Queremos comprender al mar, y no le comprendemos; queremos hallarle una razón, y no se la hallamos.

Es un monstruo, una esfinge incomprensible. Muchas veces sospechamos si habrá en él escondido algo como una lección; en momentos se figura uno haber descifrado su misterio; en otros, se nos escapa su enseñanza y se pierde en el reflejo de las olas y en el silbido del viento.

Todos, sin saber por qué, suponemos al mar mujer, todos le dotamos de una personalidad instintiva y cambiante, enigmática y pérfida. En la naturaleza, en los árboles y en las plantas, hay una vaga sombra de justicia y de bondad; en el mar, no: el mar nos sonríe, nos acaricia, nos amenaza, nos aplasta caprichosamente. Si a uno le coge mozo como a mí, le moldea de una manera definitiva, le hace marino para siempre; al que de niño se entrega a su poder con el alma cándida, con la inteligencia virgen, le convierte en su esclavo.

Para el pescador, para el hombre ignorante y sencillo que no puede apoyar sus ideas en las bases de la ciencia, el mar es un tirano, le engaña, le adula, le seduce, le ahoga. Para el pobre marinero, el mar es el súmmum del interés, del encanto, de la variedad. Para nosotros los marinos de altura, el mar es principalmente una ruta, es casi exclusivamente un camino. ¡Pero qué camino! Yo no olvidaré nunca la primera vez que atravesé el océano. Todavía el barco de vela dominaba el mundo.

¡Qué época aquélla! Yo no digo que el mar entonces fuera mejor; no; pero sí más poético, más misterioso, más desconocido. Hoy, el mar se industrializa por momentos; el marino, en su barco de hierro, sabe cuánto anda, cuándo va a parar; tiene los días, las horas contadas...; entonces, no; se iba llevando la casualidad, la buena suerte, el viento favorable.En aquel tiempo, todavía el mundo estaba mal conocido, todavía había derroteros tradicionales y una inmensidad del océano en blanco jamás visitado por el hombre. Como el caminante en el desierto sigue las huellas de otro, el marino en alta mar sigue la derrota de los antiguos nautas. 

A la gran barbarie del mar correspondía la barbarie de su servidor el marino; a la brutalidad del elemento salobre, la brutalidad humana. En aquella época, un marino volvía a su rincón con un anillo en la oreja, una pulsera en la muñeca y una cacatúa o una mona en el hombro. Un marino, entonces, era algo extrasocial, casi extrahumano; un marino era un ser para quien la moral ofrecía otros aspectos que para los demás mortales. -Te preguntarán cuánto has hecho -decían los padres a sus hijos, que se lanzaban a la aventura-, no cómo lo has hecho.

Hoy, el mar ha cambiado, y ha cambiado el barco, y ha cambiado también el marino. De aquellas airosas arboladuras que tanto nos entusiasmaban, no quedan más que esos palos cortos para sostener los vástagos de las poleas; de aquellas maniobras complicadas, nada se conserva. Antes, el barco de vela era una creación divina, como una religión o como un poema; hoy, el barco de vapor es algo continuamente cambiante como la ciencia..., una maquinaria en eterna transformación. 

Hoy, es la máquina la impulsadora del barco, algo exacto, matemático, medido; antes, era el viento, algo caprichoso, impalpable, fuera de nosotros. «Llevamos el Ángel de la Guarda en la lona de nuestras velas», me decía don Ciríaco, un viejo capitán de fragata muy inteligente y muy romántico; «llevamos la fuerza en nuestra carbonera», puede decir el capitán de hoy. Antes, el mar era nuestra divinidad, era la reina endiosada y caprichosa, altiva y cruel; hoy es la mujer a quien hemos hecho nuestra esclava.

Nosotros, marinos viejos, marinos galantes, la celebrábamos de reina y no la admiramos de esclava.

¡Oh gallardas arboladuras, velas blancas, fragatas airosas con su proa levantada y su mascarón en el tajamar! ¡Redondas urcas, veleros bergantines! ¡Fragatas, carabelas turcas, saicas grecorromanas, polacras venecianas, urcas de Holanda, síndalos tunecinos y galeotas toscanas!¡Qué pena me da el pensar que vais a desaparecer!

¡Amable sirena, que te levantabas sobre las olas azules para mirarnos con tus ojos verdes, ya no te verán más!


"Las inquietudes de Shanti Andía" Pío Baroja, 1911


DEDICADO AL "RAFAEL VERDERA"
AL ABUELO Y SU "MARACAIBO"
AL TÍO JESÚS, CAPITÁN DE NAVÍO
AL TÍO JUANTXU, POR SU BILBLIOTECA INFINITA Y SU TALLER
A LA "SOPHIE", Y POR SUPUESTO A LA PEQUEÑA "OLICCA" :)

28/10/09

Como invocar al Rey Cuervo


La magia será escrita en el firmamento por la lluvia,
pero ellos no sabrán leerla.
La magia será escrita en las caras de las colinas rocosas,
pero ellos no sabrán leerla.
En invierno, los árboles desnudos serán los signos de una escritura negra,
pero ellos no la entenderán.
Yo estoy sentado en un negro trono en las sombras,
pero ellos no me verán

La lluvia abrió una puerta para mí y yo la cruzé.
Las piedras hicieron para mi un trono y yo me senté en él.
Tres reinos me fueron dados para siempre.
Inglaterra me fue dada para siempre.


"Jonathan Strange y el señor Norrell" Susanna Clarke, 2004  

Las Cinco Familias



Ya ha pasado la hora de las pistolas y los asesinatos. Debemos ser astutos como los demás hombres de negocios, y ello repercutirá en beneficio de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. No tenemos obligación alguna con respecto a los pezzonovante que se consideran a sí mismos como rectores del país, que pretenden dirigir nuestras vidas, que declaran las guerras y nos dicen que luchemos por el país. Porque, en realidad, lo que quieren es defender sus intereses personales. ¿Por qué debemos obedecer unas leyes dictadas por ellos, para su propio beneficio y en perjuicio nuestro? Y ¿con qué derecho se inmiscuyen cuando pretendemos proteger nuestros intereses? Nuestros intereses son “cosa nostra”. Nuestro mundo es cosa nostra, y por eso queremos ser nosotros quienes lo rijan. Por lo tanto, debemos mantenernos unidos, pues es el único modo de evitar interferencias, o de lo contrario nos dominarán, como dominan ya a millones de napolitanos y demás italianos de este país. 

Por esta razón resuelvo no vengar la muerte de mi hijo. El bien común es lo primero. Juro que mientras yo sea el jefe de la Familia Corleone, ninguno de los míos levantará un solo dedo contra ninguna de las demás: Tattaglia, Barzini, Cuneo y Strazzi, salvo que la provocación sea intolerable.


"El Padrino" Mario Puzo, 1969

25/10/09

Hombres necios


Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis
para prentendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión, ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende?,
¿si la que es ingrata ofende,
y la que es fácil enfada?

Mas, entre el enfado y la pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es de más culpar,
aunque cualquiera mal haga;
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

¿Pues, para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.


Sor Juana Inés de la Cruz, "El fénix de las Américas" (1651-1695)


24/10/09

Como sobrevivir a un cuento de hadas


Toca la puerta de madera que ves en el muro y que nunca habías visto antes.
Di "por favor" antes de abrir el pestillo,
entra, baja por el sendero.
La puerta está pintada de verde
Tiene una aldaba, un diablillo rojo
No lo toques, te morderá los dedos.
Atraviesa la casa.
No cojas nada. No comas nada.
No obstante, si alguna criatura te dice que tiene hambre, aliméntala.
Si te dice que está sucia, lávala.
Si grita que le duele, si puedes, alivia su dolor.

Desde el jardín trasero podrás ver el bosque salvaje.
Pasarás frente a un pozo muy hondo que conduce al reino del Invierno;
Hay otro país distinto allí al fondo.
Si te das la vuelta aquí,
podrás volver atrás, a salvo;
no será ningún desdoro.
No pensaré mal de tí.

Una vez hayas atravesado el jardín entrarás en el bosque.
Los árboles son viejos.
Hay ojos escudriñando desde la maleza.
Bajo un roble retorcido se sienta una anciana.
Quizás te pida algo; dáselo.
Ella te indicará el camino al castillo.
En él hay tres princesas.
No te fíes de la más joven.
Sigue adelante.
En el claro tras el castillo los doce meses del año 
están sentados junto a una hoguera, calentando sus pies,
intercambiando cuentos.
Tal vez te concedan sus favores, si eres amable.
Tal vez podrás coger fresas en la escarcha de Diciembre.

Confía en los lobos, pero no les digas dónde vas.
Podrás cruzar el río en el transbordador.
El patrón te llevará.
(La respuesta a su pregunta es esta:
"Si pasa el remo a su pasajero, será libre de abandonar el barco"
Asegurate de estar lejos antes de decirselo.)

Si un águila te da una pluma, guárdala bien.
Recuerda: los gigantes tienen un sueño muy pesado;
las brujas son a menudo traicionadas por sus apetitos;
los dragones siempre tienen un punto débil, en alguna parte;
los corazones pueden esconderse bien y tu lengua podría delatarlos.

No tengas celos de tu hermana:
las rosas y los diamantes son tan incomodos al salir de tu boca 
como los sapos y las culebras.
Más fríos, además, y más afilados, y cortan.
Recuerda tu nombre.
No pierdas la esperanza. Aquello que buscas lo encontrarás.

Confía en los fantasmas. Confía en aquellos a los que has ayudado,
pues te ayudarán a su vez.
Confía en los sueños.
Confía en tu corazón y confía en tu historia.
Cuando regreses, vuelve por el mismo camino por el que te fuiste.
Los favores serán devueltos, las deudas pagadas.
No olvides tus modales.
No mires atrás.
Cabalga sobre el águila sabia (no te caerás)
Cabalga sobre el pez plateado (no te ahogarás)
Cabalga sobre el lobo gris (agarrate fuerte a su pelaje)

Hay un gusano en el corazón de la torre; es por eso que no aguantará en pie.
Cuando llegues a la casitadonde comenzó tu viaje,
la reconocerás,
aunque te parecerá mucho más pequeña de lo que recordabas.
Sube por el sendero, y atraviesa la puerta del jardín,
la que nunca viste antes, solo una vez.
Y entonces vuelve al hogar.
O construye uno nuevo.
O descansa.


"Instructions" Neil Gaiman, 2010

The Catcher in the Rye



Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.



 "El guardián entre el centeno" J.D Salinger, 1951


21/10/09

Todos para uno. Uno para todos


12 a.m, tapia de los Carmelitos Descalzos, Vaugirard, París, 1630

¡Ah! – exclamó Porthos, ¿Pero que es esto?
-Éste es el señor con quien me bato- dijo Athos señalando con la mano a D’Artagnan.
-Con él me bato también yo- dijo Porthos.
-Pero a la una- respondió D’Artagnan.
-Y también yo me bato con este señor- dijo Aramis, llegando a su vez al lugar.
-Pero a las dos- dijo D’Artagnan con la misma calma.
-¿Se puede saber por qué te bates tú, Athos?
-A fe que no lo se demasiado, me dañó el hombro. ¿Y tú, Porthos?
-A fe que me bato porque me bato- respondió Porthos enrojeciendo.
Athos, que no se perdía una, vio pasar una fina sonrisa por los labios del gascón.
-Hemos tenido una discusión sobre indumentarias- dijo el joven.
-¿Y tu, Aramis?
-Yo me bato por teología…-respondió Aramis haciendo al mismo tiempo una seña a D’Artagnan con la que rogaba tener en secreto la causa del duelo. Athos vio pasar una segunda sonrisa por los labios de D’Artagnan.
-Si, claro, un punto de San Agustín sobre el que no estamos de acuerdo- dijo el gascón.- Y ahora que estáis juntos, señores, permitidme que os presente mis excusas
A la palabra “excusas”, una nube pasó por la frente de Athos, una sonrisa altanera por la de Porthos, y una señal negativa fue la respuesta de Aramis.
-No me comprendéis, señores- dijo D’Artagnan levantando la cabeza-: os pido excusas en caso de que no pueda pagaros mi deuda a los tres, porque el señor Athos tiene derecho a matarme primero, lo cual quita mucho valor a vuestra deuda, señor Porthos, y hace casi nula la vuestra, señor Aramis. Y ahora, señores, os lo repito, excusadme, ¡y en guardia!


"Los Tres Mosqueteros" Alexandre Dumas, 1844

Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn


Cuando imagino el tamaño de todo lo que puede esconder el fondo del océano, siento deseos de morir sin esperar ya más. He contemplado todo lo que en el universo puede haber de horroroso, y aun los cielos de la primavera y las flores del verano me parecerán desde ahora impregnados de veneno. Pero no creo que viva mucho. Conozco demasiado y el culto todavía existe. 

Cthulhu existe también, supongo, en ese refugio de piedra que le sirve de abrigo desde que el sol era joven. R'lyeh, su ciudad maldita, se ha hundido otra vez, pues el Vigilant navegó por aquel lugar después de la tormenta de abril; pero sus ministros en la Tierra bailan aún, y cantan y matan en lugares aislados, alrededor de monolitos de piedra coronados de imágenes. Cthulhu tuvo que haber sido atrapado por los abismos submarinos pues si no el mundo gritaría ahora de horror. ¿Quién conoce el fin? Lo que ha surgido ahora puede hundirse y lo que se ha hundido puede surgir. La abominación espera y sueña en las profundidades del mar, y sobre las vacilantes ciudades de los hombres flota la destrucción. Llegará el día... ¡pero no debo ni puedo pensarlo! Ruego que si no sobrevivo a este manuscrito, mis ejecutores testamentarios cuiden de que la prudencia sea mayor que la audacia e impidan que caiga bajo otros ojos.


"La llamada de Cthulhu" H.P.Lovecraft, 1926

20/10/09

Juramento de la Guardia de Noche


La noches se avecina, 
ahora comienza mi guardia. 
No terminará hasta 
el día de mi muerte. 
No tomaré esposa, no poseeré tierras, no engendraré hijos. 
No llevaré corona, 
no alcanzaré la gloria, 
viviré y moriré en mi puesto. 
Soy el espada en la oscuridad, 
el vigilante del Muro.
Soy el fuego que arde 
contra el frío, la luz que trae el amancer, el cuerno que despierta a los durmientes, el escudo que defiende a los reinos de los hombres.
Entrego mi honor y mi vida a la Guardia de la Noche, durante esta noche y todas las que estén por venir.


Night gathers, 
and now my watch begins. 
It shall not end until my death. 
I shall take no wife, hold no lands, father no children. 
I shall wear no crowns 
and win no glory. 
I shall live and die at my post. 
I am the sword in the darkness. 
I am the watcher on the walls.
I am the fire that burns 
against the cold, 
the light that brings the dawn,
the horn that wakes the sleepers,
the shield that guards 
the realms of men.
I pledge my life and honor to the Night's Watch, for this night and all the nights to come.




"Juego de Tronos" Canción de Fuego y Hielo I. George R.R.Martin

9/10/09

Las palabras


Todo lo que usted quiera, si señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... Me prosterno ante ellas... Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... Amo tanto las palabras... Las inesperadas... Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen... Vocablos amados... Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío... Persigo algunas palabras... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas... Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto... Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola... Todo está en la palabra... Una idea entera se cambia porque una palabra se transladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció... 

Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces... Son antiquísimas y recientísimas... Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada... Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo... Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas... Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras.



"Confieso que he vivido" Pablo Neruda, 1974.

8/10/09

Adso de Melk, últimos pensamientos


Jamás me arrepentí de mi decisión, pues aprendí de mi maestro muchas cosas sabias, buenas y verdaderas. Cuando al fin nos separamos, me regalo sus anteojos. “Yo era joven” dijo, pero algún día me serian útiles. Y, de hecho, ahora los llevo sobre mi nariz mientras escribo estas líneas, después me dio un fuerte abrazo, como un padre, y se despidió de mi. Nunca mas volví a verlo. Mucho más tarde supe que había muerto durante la gran peste que se abatió sobre Europa hacia mediados de este siglo. Ruego siempre que Dios haya acogido su alma y le haya perdonado los muchos actos de orgullo que su soberbia intelectual le hizo cometer. Sin embargo, ahora que soy un hombre muy viejo, debo confesar que de todos los rostros del pasado que se me aparecen, aquel que veo con mas claridad es el de la muchacha con la que nunca he dejado de soñar a lo largo de todos estos años. Ella fue el único amor terrenal de mi vida…aunque jamás supe, ni sabré, su nombre.

Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus.


"El nombre de la rosa" Umberto Eco, 1980.

7/10/09

Dilemas de Groucho Marx


Querido Hy:

Quisiera poderle escribir esas siete u ochocientas palabras que me ha pedido, pero solo conozco seiscientas. Luego hay también otras razones.

En primer lugar, he sufrido una época de frustración con mi aguacate. Lo planté con la firme esperanza de que algún día estaría cargado de frutos. Pues bien, han transcurrido cinco años y en todo este tiempo ni un solo aguacate ha colgado de sus ramas. Con profunda desesperación, fui a un vivero y le explique la situación al jardinero. Cuando acabe el relato me miro con mayor desprecio todavía que el habitual y dijo: “Sr. Marx, ¿no sabe usted que los aguacates se aparean y que si quiere tener frutos debe tener uno macho y otro hembra?” Bueno, Hy, podrían haberme derribado con un melón de agua. Se que las estrellas de cine tienen que hacer algo asi para dar frutos, pero no tenia la menor idea de que el aguacate macho necesita el aguacate hembra tan imperiosamente como Lana Turner necesita a Lex Barker, Frankie Sinatra necesita a Ava Gardner y Abbott necesita a Costello. Pensándolo mejor, quite a Abbott y Costello. La naturaleza no actúa así.

Bien, para abreviar más esta breve epopeya, compre la segunda planta y ahora tengo dos sexos en el traspatio. Han estado juntos poco tiempo y supongo que es demasiado pronto para saberlo, pero hasta ahora debo decir que no he advertido ninguna diferencia. Lo que me intriga es que nunca se miran el uno al otro. Están simplemente ahí, con la mirada perdida, severa y distante, sin mover nunca una hoja, sin hacer crujir nunca siquiera una ramita. Quien sabe, quizá se muestran precavidos cuando estoy por allí. Alguna noche cuando la luna este llena y el abajo firmante también, me deslizare hasta allí, me plantare entre los arbustos y permaneceré allí hasta descubrir definitivamente si alguna vez voy a tener aguacates.
Saludos,

Groucho

 Carta de Groucho Marx a Hy Gardner, 1953.

El Hado de los Noldor


Lágrimas innumerables derramaréis; y los Valar cercarán Valinor contra vosotros, y os dejarán fuera, de modo que ni siquiera el eco de vuestro lamento pasará por sobre las montañas. Sobre la Casa de Fëanor la cólera de los Valar cae desde el Occidente hasta el extremo Oriente, y sobre todos los que los sigan caerá del mismo modo.

El juramento los impulsará, pero también los traicionará, y aún llegará a arrebatarles los mismos tesoros que han jurado perseguir. A mal fin llegará todo lo que empiecen bien; y esto acontecerá por la traición del hermano al hermano, y por el temor a la traición. Serán para siempre los Desposeídos.

Habéis vertido la sangre de vuestros parientes con injusticia y habéis manchado la tierra de Aman. Por la sangre devolveréis sangre y más allá de Aman moraréis a la sombra de la Muerte. Porque aunque Eru os destinó a no morir en Eä, y ninguna enfermedad puede alcanzaros, podéis ser asesinados, y asesinados seréis: por espada y por tormento y por dolor; y vuestro espíritu sin morada se presentará entonces ante Mandos. Allí moraréis durante un tiempo muy largo, y añoraréis vuestro cuerpo, y encontraréis escasa piedad, aunque todos los que habéis asesinado rueguen por vosotros.

Y a aquellos que resistan en la Tierra Media y no comparezcan ante Mandos, el mundo los fatigará como si los agobiara un gran peso, y serán como sombras de arrepentimiento antes que aparezca la raza más joven.

Los Valar han hablado.



"El Silmarillion" John Ronald Reuel Tolkien, 1977

5/10/09

El primer Tigre



Retumbaba el trueno por las secas colinas, pero no lo acompañó la lluvia, sino tan sólo relámpagos de calor que temblaban detrás de la cordillera. Y Hathi continuó:
-¿Es la misericordia que tú muestras?
Relamióse el primer tigre y respondió:
-¿Y qué importa? ¡Maté al Miedo!
Replicó Tha:
-¡Ah, ciego e insensato! Le quitaste a la muerte las cadenas que apresaban sus pies, y ahora ella seguirá tus huellas hasta que mueras. Tú enseñaste al hombre a matar.
Erguido junto al cadáver, dijo entonces el primer tigre:
-Está como estaba el gamo. No existe ya el Miedo. Juzgaré de nuevo ahora a los pueblos de la selva.

Pero Tha respondió:
-Nunca más te buscarán los pueblos de la selva; nunca cruzarán tu camino, ni dormirán
cerca de ti, ni seguirán tus pasos, ni pasarán junto a tu cueva. Tan sólo el Miedo te
seguirá y hará que estés a merced suya mediante invisibles golpes. Hará que la tierra se abra bajo tus pies; que se enrosque la enredadera a tu cuello; que los troncos de los
árboles crezcan en grupos frente a ti, a una altura mayor de la que tú puedas saltar, y,
por último, te quitará tu piel y usará de ella para envolver a sus cachorros cuando tengan frío. No le tuviste misericordia; él tampoco tendrá ninguna misericordia de ti.

Pero el primer tigre se sintió lleno de audacia porque su noche aún no había pasado, y
respondió:
-Pero Tha, lo prometido es deuda. ¿Me privará él de mi noche?
-Tuya es la noche que te concedí; pero algo habrás de pagar por ella. Tú le enseñaste al hombre a matar, y él es un discípulo que pronto aprende.
El primer tigre continuó:
-Aquí está, bajo mi garra, con el espinazo partido. Haz que la selva sepa que yo maté al
Miedo.
Se rió Tha entonces, y dijo:
-Mataste a uno de tantos; pero ve y cuéntaselo tú mismo a la selva.. . porque tu noche ha terminado ya.
Se hizo entonces de día, y de la caverna salió otro de los de la piel desnuda, quien, al ver el cadáver en el camino y al primer tigre encima, cogió un palo puntiagudo...


"El Libro de las Tierras Vírgenes" Rudyard Kipling, 1894.

Cyrano dixit


¿Y qué tengo que hacer?
¿Buscarme un valedor poderoso, un buen amo, 
y al igual que la hiedra, que se enrosca en un ramo 
buscando en casa ajena protección y refuerzo, 
trepar con artimañas, en vez de con esfuerzo?
No, gracias
.
¿Ser esclavo, como tantos lo son, 
de algún hombre importante? 
¿Servirle de bufón 
con la vil pretensión de que algún verso mío 
dibuje una sonrisa en su rostro sombrío?
No, gracias.

¿O tragarme cada mañana un sapo,
 llevar el pecho hundido, la ropa hecha un harapo
 de tanto arrodillarme con aire servicial?
¿Sobrevivir a expensas de mi espina dorsal?
No, gracias.

¿Ser como ésos que veis a Dios rogando
 –oh, hipócritas malditos– y el mazo dando? 
¿Y que, con la esperanza de alguna sinecura, 
atufan con incienso a quien se les procura?
No gracias.

¿Arrastrarme de salón en salón 
hasta verme perdido en mi propia ambición? 
¿O navegar con remos hechos de madrigales
 y, por viento, el suspiro de doncellas banales?
No gracias.

¿Publicar poniendo yo el dinero de mi propio bolsillo?
Muchas gracias, no quiero.
¿Hacerme nombrar papa en esas chirigotas 
que en los cafés celebran, reunidos, los idiotas?
No gracias.

¿Desvivirme para forjarme un nombre 
que tenga el endiosado lo que no tiene de hombre?
No, gracias.

¿Afiliarme a un club de marionetas? 
¿Querer a toda costa salir en las gacetas? 
¿Y decirme a mí mismo: no hay nada que me importe 
con tal de que mi ingenio se cotice en la Corte?
No, gracias.

¿Ser miedoso? ¿Calculador? ¿Cobarde? 
¿Tener con mil visitas ocupada la tarde? 
¿Utilizar mi pluma para escribir falacias?
No gracias, compañero. La respuesta es: no gracias.

Cantar, soñar, en cambio. Estar solo, ser libre.
Que mis ojos destellen y mi garganta vibre.
Ponerme, si me place, el sombrero al revés,
batirme por capricho o hacer un entremés.

Trabajar sin afán de gloria o de fortuna.
Imaginar que marcho a conquistar la Luna.
No escribir nunca nada que no rime conmigo y decirme, modesto:
ah, mi pequeño amigo, que te basten las hojas, las flores y las frutas,
siempre que en tu jardín sea donde las recojas.

Y si por suerte un día logras la gloria así,
no habrás de darle al César lo que él no te dio a ti.
Que a tu mérito dabas tu ventura, no a medra,
y en resumen, que haciendo lo que no hace la hiedra,
aun cuando te faltare la robustez del roble,
lo que pierdas de grande, no te falte de noble.

  
"Cyrano de Bergerac" Edmond Rostand, 1897

4/10/09

Speaking dowayo




Mi vacilante dominio de la lengua africana constituía otro peligro grave. La obscenidad nunca andaba lejos en el idioma dowayo. Una variación de tono convierte la partícula interrogativa, que se añade a una frase para transformarla en pregunta, en la palabra más malsonante del idioma, algo parecido a “coño”. Así pues, solía yo desconcertar y divertir a los dowayos saludándolos de este modo tradicional:

“¿Está el cielo despejado para ti, coño?”

Un día me llamaron a la choza del jefe para presentarme a un brujo con poderes para propiciar la lluvia. Se trataba de un valiosísimo contacto y yo llevaba semanas pidiéndole con insistencia al jefe que arreglara un encuentro. Conversamos educadamente, tanteándonos uno a otro, y convenimos en que le haría una visita. Yo tenía prisa por marcharme porque había comprado un poco de carne por primera vez en un mes y la había dejado al cuidado de mi ayudante. Me levanté y le estreché la mano cortésmente. “Discúlpeme-dije-, tengo que guisar un poco de carne.” Al menos es lo que pretendía decir, pero debido a un error de tono declaré ante una perpleja audiencia: “Discúlpeme, tengo que copular con el herrero”.

Los habitantes de mi poblado se volvieron rápidamente expertos en traducir lo que había dicho a lo que quería decir. Es difícil discernir hasta dónde se incrementó mi dominio de la lengua y hasta dónde les enseñé a entender mi chapurreo particular.


“El antropólogo inocente. Notas desde una choza de barro” Nigel Barley, 1989

1/10/09

La justicia nos la hará Don Corleone


– He dado a mi hija una educación americana. Creo en América. Este país ha hecho mi fortuna. He concedido a la chica absoluta libertad, pero le he enseñado siempre que no debía hacer nada que pudiera avergonzar a su familia. Se hizo amiga de un muchacho no italiano. Iba al cine con él, regresaba a casa muy tarde.... Lo acepté todo sin protestar; la falta es mía. Hace dos meses, él y otro chico se la llevaron a dar un paseo en coche. Los dos hicieron beber whisky a mi hija y luego trataron de abusar de ella. Mi hija resistió, supo guardar su honra. Entonces le pegaron como si fuera una bestia. Cuando acudí al hospital, tenía los ojos morados, la nariz rota, la mandíbula destrozada. La pobre no cesaba de llorar. “¿Por qué lo han hecho, papá?"  No pude contenerme; yo también me eché a llorar. Ella era la luz de mi vida, era una hija muy cariñosa y muy hermosa. Confiaba en la gente, pero ahora nunca más confiará en nadie. Ya nunca volverá a ser hermosa. Acudí a la policía como todo buen americano, y los dos muchachos fueron arrestados. Las pruebas eran abrumadoras. Se confesaron culpables y el juez los condenó a tres años de cárcel, pero suspendió la sentencia. Salieron en libertad el mismo día. Yo estaba de pie en la sala del tribunal, y comprendí que había hecho el ridículo. Al pasar, esos dos me sonrieron con sorna. En ese preciso instante le dije a mi esposa:  “La justicia nos la hará Don Corleone”.

El Don tenía la cabeza inclinada en señal de respeto por la pena de Bonasera. Sin embargo, cuando habló, las palabras sonaron frías, con la frialdad de la dignidad ofendida.

– ¿Por qué acudiste a la policía? ¿Por qué no viniste a mí desde el primer momento?
– ¿Qué quiere de mí? –dijo Amerigo Bonasera con voz apenas perceptible–. Pídame lo que quiera, pero atienda a mi ruego.
– ¿Y qué es lo que me pides? –dijo Don Corleone, con voz grave.

Bonasera miró a Hagen y a Sonny Corleone y negó con la cabeza. El Don, sentado todavía en la mesa de Hagen, se inclinó hacia el empresario de pompas fúnebres. Bonasera dudaba. Luego acercó los labios a la velluda oreja del Don, hasta rozarla. Don Corleone escuchó tal como lo hace un cura en el confesionario: con la mirada ausente, impasible, remoto. Estuvieron así durante mucho rato. Al cabo Bonasera se enderezó, se separó del Don, que le miraba gravemente.

– Eso no puedo hacerlo –respondió el Don finalmente.
– Pagaré todo lo que me pida –dijo Bonasera en voz alta y clara.
Al oír estas palabras, Hagen hizo un movimiento nervioso con la cabeza. Sonny Corleone, con los brazos cruzados, sonrió sardónicamente. Don Corleone se levantó con el rostro tan impasible como siempre.
– Tú y yo hace muchos años que nos conocemos –dijo con una voz helada como la muerte–. A pesar de ello, hasta hoy nunca me habías pedido consejo ni ayuda. Ni siquiera soy capaz de recordar cuándo fue la última vez que me invitaste a tu casa para tomar café, a pesar de que mi esposa es la madrina de tu única hija. Seamos francos: has rechazado mi amistad porque no querías deberme nada.
– No quería verme envuelto en líos –murmuró Bonasera. El Don levantó la mano en señal de disconformidad.
– No. No hables. Creías que América era un paraíso. Tenías un buen negocio y vivías muy bien. Pensabas que el mundo era un edén del que podías tomar todo lo bueno. Nunca te has preocupado de rodearte de buenos y verdaderos amigos. Después de todo ya tenías a la policía y los tribunales para protegerte. Nada malo podía ocurrir; ni a ti ni a los tuyos. Para nada necesitaban a Don Corleone. Muy bien. Has herido mis sentimientos, y no soy de los que dan su amistad a quienes no saben apreciarla. Ahora acudes a mi diciendo: “Don Corleone; quiero que haga justicia”. Y no sabes pedir con respeto. No me ofreces tu amistad. Vienes a mi casa el día de la boda de mi hija, me pides que mate a alguien y dices –aquí el Don se puso a imitar la voz y los gestos de Bonasera–: “Pagaré todo lo que me pida”. No, no. No te guardo rencor, pero ¿puedes decirme qué te he hecho para que me trates con esta absoluta falta de respeto?
– América se ha portado bien conmigo. – dijo Bonasera, con la voz ahogada por la angustia y el temor. 

El Don aplaudió.

-Has hablado bien, pero que muy bien. Así pues, de nada puedes quejarte. El juez ha dictado sentencia. América ha dictado sentencia. Cuando vayas al hospital, lleva a tu hija un ramo de flores y una caja de bombones, eso la consolará. ¡Alégrate, hombre! Después de todo, no ha sido nada grave; los muchachos eran jóvenes y alegres, y uno de ellos es hijo de un político muy influyente. No, mi querido Amerigo, siempre has sido honrado. En fin, dame tu palabra de que vas a olvidarte de todo, como harían los americanos. Perdona y olvida. La vida está llena de desgracias.

La cruel y desdeñosa ironía de estas palabras, la ira contenida del Don, hicieron temblar al pobre empresario de pompas fúnebres, quien, a pesar de todo, aún encontró fuerzas para decir con arrogancia:

– Sólo le pido que haga justicia.
– El tribunal ya hizo justicia –adujo Don Corleone, con sequedad.
– No –replicó Bonasera, con un gesto de obstinación–. Hizo justicia a los jóvenes, pero no a mí.
Con una ligera inclinación, el Don dio a entender que había sabido apreciar la sutil diferencia.
– ¿Cuál es tu justicia? –preguntó seguidamente.
– Ojo por ojo –respondió Bonasera.
– Has pedido más. Tu hija está viva –señaló el Don.
– Que sufran como sufre ella –convino Bonasera.- ¿Cuánto quiere? –dijo en tono desesperado. Don Corleone le volvió la espalda, queriendo indicar que la entrevista había terminado. Pero Bonasera no se movió. Finalmente, como un hombre de buen corazón que no puede enfadarse con un amigo descarriado, Don Corleone se volvió hacia el empresario de pompas fúnebres, que estaba tan pálido como uno de sus cadáveres. No cabía duda; Don Corleone era amable y paciente.

–Si hubieses acudido a mí, mi bolsa hubiera sido tuya. Si hubieses acudido a mí en demanda de justicia, aquellos cerdos que dañaron a tu hija estarían llorando amargamente desde hace tiempo. Si por desgracia, por circunstancias de la vida, un hombre honrado como tú se hubiese creado algún enemigo, éste se hubiera convertido automáticamente en enemigo mío –el Don apuntó con el dedo a Bonasera–. Y créeme, te hubiese temido.
Bonasera inclinó la cabeza.
– Quiero su amistad. La acepto –murmuró. Don Corleone apoyó la mano sobre el hombro de Bonasera.
– Bien, tendrás justicia –aseguró–. Algún día, un día que tal vez nunca llegue, te llamaré para pedirte algún pequeño servicio. Hasta entonces, considera esta justicia como un regalo el día de la boda de mi hija.



"El Padrino" Mario Puzo, 1969.