... HURTFEW ABBEY

20/10/09

Juramento de la Guardia de Noche


La noches se avecina, 
ahora comienza mi guardia. 
No terminará hasta 
el día de mi muerte. 
No tomaré esposa, no poseeré tierras, no engendraré hijos. 
No llevaré corona, 
no alcanzaré la gloria, 
viviré y moriré en mi puesto. 
Soy el espada en la oscuridad, 
el vigilante del Muro.
Soy el fuego que arde 
contra el frío, la luz que trae el amancer, el cuerno que despierta a los durmientes, el escudo que defiende a los reinos de los hombres.
Entrego mi honor y mi vida a la Guardia de la Noche, durante esta noche y todas las que estén por venir.


Night gathers, 
and now my watch begins. 
It shall not end until my death. 
I shall take no wife, hold no lands, father no children. 
I shall wear no crowns 
and win no glory. 
I shall live and die at my post. 
I am the sword in the darkness. 
I am the watcher on the walls.
I am the fire that burns 
against the cold, 
the light that brings the dawn,
the horn that wakes the sleepers,
the shield that guards 
the realms of men.
I pledge my life and honor to the Night's Watch, for this night and all the nights to come.




"Juego de Tronos" Canción de Fuego y Hielo I. George R.R.Martin

9/10/09

Las palabras


Todo lo que usted quiera, si señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... Me prosterno ante ellas... Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... Amo tanto las palabras... Las inesperadas... Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen... Vocablos amados... Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío... Persigo algunas palabras... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas... Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto... Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola... Todo está en la palabra... Una idea entera se cambia porque una palabra se transladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció... 

Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces... Son antiquísimas y recientísimas... Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada... Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo... Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas... Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras.



"Confieso que he vivido" Pablo Neruda, 1974.

8/10/09

Adso de Melk, últimos pensamientos


Jamás me arrepentí de mi decisión, pues aprendí de mi maestro muchas cosas sabias, buenas y verdaderas. Cuando al fin nos separamos, me regalo sus anteojos. “Yo era joven” dijo, pero algún día me serian útiles. Y, de hecho, ahora los llevo sobre mi nariz mientras escribo estas líneas, después me dio un fuerte abrazo, como un padre, y se despidió de mi. Nunca mas volví a verlo. Mucho más tarde supe que había muerto durante la gran peste que se abatió sobre Europa hacia mediados de este siglo. Ruego siempre que Dios haya acogido su alma y le haya perdonado los muchos actos de orgullo que su soberbia intelectual le hizo cometer. Sin embargo, ahora que soy un hombre muy viejo, debo confesar que de todos los rostros del pasado que se me aparecen, aquel que veo con mas claridad es el de la muchacha con la que nunca he dejado de soñar a lo largo de todos estos años. Ella fue el único amor terrenal de mi vida…aunque jamás supe, ni sabré, su nombre.

Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus.


"El nombre de la rosa" Umberto Eco, 1980.

7/10/09

Dilemas de Groucho Marx


Querido Hy:

Quisiera poderle escribir esas siete u ochocientas palabras que me ha pedido, pero solo conozco seiscientas. Luego hay también otras razones.

En primer lugar, he sufrido una época de frustración con mi aguacate. Lo planté con la firme esperanza de que algún día estaría cargado de frutos. Pues bien, han transcurrido cinco años y en todo este tiempo ni un solo aguacate ha colgado de sus ramas. Con profunda desesperación, fui a un vivero y le explique la situación al jardinero. Cuando acabe el relato me miro con mayor desprecio todavía que el habitual y dijo: “Sr. Marx, ¿no sabe usted que los aguacates se aparean y que si quiere tener frutos debe tener uno macho y otro hembra?” Bueno, Hy, podrían haberme derribado con un melón de agua. Se que las estrellas de cine tienen que hacer algo asi para dar frutos, pero no tenia la menor idea de que el aguacate macho necesita el aguacate hembra tan imperiosamente como Lana Turner necesita a Lex Barker, Frankie Sinatra necesita a Ava Gardner y Abbott necesita a Costello. Pensándolo mejor, quite a Abbott y Costello. La naturaleza no actúa así.

Bien, para abreviar más esta breve epopeya, compre la segunda planta y ahora tengo dos sexos en el traspatio. Han estado juntos poco tiempo y supongo que es demasiado pronto para saberlo, pero hasta ahora debo decir que no he advertido ninguna diferencia. Lo que me intriga es que nunca se miran el uno al otro. Están simplemente ahí, con la mirada perdida, severa y distante, sin mover nunca una hoja, sin hacer crujir nunca siquiera una ramita. Quien sabe, quizá se muestran precavidos cuando estoy por allí. Alguna noche cuando la luna este llena y el abajo firmante también, me deslizare hasta allí, me plantare entre los arbustos y permaneceré allí hasta descubrir definitivamente si alguna vez voy a tener aguacates.
Saludos,

Groucho

 Carta de Groucho Marx a Hy Gardner, 1953.

El Hado de los Noldor


Lágrimas innumerables derramaréis; y los Valar cercarán Valinor contra vosotros, y os dejarán fuera, de modo que ni siquiera el eco de vuestro lamento pasará por sobre las montañas. Sobre la Casa de Fëanor la cólera de los Valar cae desde el Occidente hasta el extremo Oriente, y sobre todos los que los sigan caerá del mismo modo.

El juramento los impulsará, pero también los traicionará, y aún llegará a arrebatarles los mismos tesoros que han jurado perseguir. A mal fin llegará todo lo que empiecen bien; y esto acontecerá por la traición del hermano al hermano, y por el temor a la traición. Serán para siempre los Desposeídos.

Habéis vertido la sangre de vuestros parientes con injusticia y habéis manchado la tierra de Aman. Por la sangre devolveréis sangre y más allá de Aman moraréis a la sombra de la Muerte. Porque aunque Eru os destinó a no morir en Eä, y ninguna enfermedad puede alcanzaros, podéis ser asesinados, y asesinados seréis: por espada y por tormento y por dolor; y vuestro espíritu sin morada se presentará entonces ante Mandos. Allí moraréis durante un tiempo muy largo, y añoraréis vuestro cuerpo, y encontraréis escasa piedad, aunque todos los que habéis asesinado rueguen por vosotros.

Y a aquellos que resistan en la Tierra Media y no comparezcan ante Mandos, el mundo los fatigará como si los agobiara un gran peso, y serán como sombras de arrepentimiento antes que aparezca la raza más joven.

Los Valar han hablado.



"El Silmarillion" John Ronald Reuel Tolkien, 1977

5/10/09

El primer Tigre



Retumbaba el trueno por las secas colinas, pero no lo acompañó la lluvia, sino tan sólo relámpagos de calor que temblaban detrás de la cordillera. Y Hathi continuó:
-¿Es la misericordia que tú muestras?
Relamióse el primer tigre y respondió:
-¿Y qué importa? ¡Maté al Miedo!
Replicó Tha:
-¡Ah, ciego e insensato! Le quitaste a la muerte las cadenas que apresaban sus pies, y ahora ella seguirá tus huellas hasta que mueras. Tú enseñaste al hombre a matar.
Erguido junto al cadáver, dijo entonces el primer tigre:
-Está como estaba el gamo. No existe ya el Miedo. Juzgaré de nuevo ahora a los pueblos de la selva.

Pero Tha respondió:
-Nunca más te buscarán los pueblos de la selva; nunca cruzarán tu camino, ni dormirán
cerca de ti, ni seguirán tus pasos, ni pasarán junto a tu cueva. Tan sólo el Miedo te
seguirá y hará que estés a merced suya mediante invisibles golpes. Hará que la tierra se abra bajo tus pies; que se enrosque la enredadera a tu cuello; que los troncos de los
árboles crezcan en grupos frente a ti, a una altura mayor de la que tú puedas saltar, y,
por último, te quitará tu piel y usará de ella para envolver a sus cachorros cuando tengan frío. No le tuviste misericordia; él tampoco tendrá ninguna misericordia de ti.

Pero el primer tigre se sintió lleno de audacia porque su noche aún no había pasado, y
respondió:
-Pero Tha, lo prometido es deuda. ¿Me privará él de mi noche?
-Tuya es la noche que te concedí; pero algo habrás de pagar por ella. Tú le enseñaste al hombre a matar, y él es un discípulo que pronto aprende.
El primer tigre continuó:
-Aquí está, bajo mi garra, con el espinazo partido. Haz que la selva sepa que yo maté al
Miedo.
Se rió Tha entonces, y dijo:
-Mataste a uno de tantos; pero ve y cuéntaselo tú mismo a la selva.. . porque tu noche ha terminado ya.
Se hizo entonces de día, y de la caverna salió otro de los de la piel desnuda, quien, al ver el cadáver en el camino y al primer tigre encima, cogió un palo puntiagudo...


"El Libro de las Tierras Vírgenes" Rudyard Kipling, 1894.

Cyrano dixit



¿Y qué tengo que hacer?
¿Buscarme un valedor poderoso, un buen amo, 
y al igual que la hiedra, que se enrosca en un ramo 
buscando en casa ajena protección y refuerzo, 
trepar con artimañas, en vez de con esfuerzo?
No, gracias
.
¿Ser esclavo, como tantos lo son, 
de algún hombre importante? 
¿Servirle de bufón 
con la vil pretensión de que algún verso mío 
dibuje una sonrisa en su rostro sombrío?
No, gracias.

¿O tragarme cada mañana un sapo,
 llevar el pecho hundido, la ropa hecha un harapo
 de tanto arrodillarme con aire servicial?
¿Sobrevivir a expensas de mi espina dorsal?
No, gracias.

¿Ser como ésos que veis a Dios rogando
 –oh, hipócritas malditos– y el mazo dando? 
¿Y que, con la esperanza de alguna sinecura, 
atufan con incienso a quien se les procura?
No gracias.

¿Arrastrarme de salón en salón 
hasta verme perdido en mi propia ambición? 
¿O navegar con remos hechos de madrigales
 y, por viento, el suspiro de doncellas banales?
No gracias.

¿Publicar poniendo yo el dinero de mi propio bolsillo?
Muchas gracias, no quiero.
¿Hacerme nombrar papa en esas chirigotas 
que en los cafés celebran, reunidos, los idiotas?
No gracias.

¿Desvivirme para forjarme un nombre 
que tenga el endiosado lo que no tiene de hombre?
No, gracias.

¿Afiliarme a un club de marionetas? 
¿Querer a toda costa salir en las gacetas? 
¿Y decirme a mí mismo: no hay nada que me importe 
con tal de que mi ingenio se cotice en la Corte?
No, gracias.

¿Ser miedoso? ¿Calculador? ¿Cobarde? 
¿Tener con mil visitas ocupada la tarde? 
¿Utilizar mi pluma para escribir falacias?
No gracias, compañero. La respuesta es: no gracias.

Cantar, soñar, en cambio. Estar solo, ser libre.
Que mis ojos destellen y mi garganta vibre.
Ponerme, si me place, el sombrero al revés,
batirme por capricho o hacer un entremés.

Trabajar sin afán de gloria o de fortuna.
Imaginar que marcho a conquistar la Luna.
No escribir nunca nada que no rime conmigo y decirme, modesto:
ah, mi pequeño amigo, que te basten, las flores las frutas y las hojas,
siempre que en tu jardín sea donde las recojas.

Y si por suerte un día logras la gloria así,
no habrás de darle al César lo que él no te dio a ti.
Que a tu mérito dabas tu ventura, no a medra,
y en resumen, que haciendo lo que no hace la hiedra,
aun cuando te faltare la robustez del roble,
lo que pierdas de grande, no te falte de noble.

  
"Cyrano de Bergerac" Edmond Rostand, 1897

4/10/09

Speaking dowayo




Mi vacilante dominio de la lengua africana constituía otro peligro grave. La obscenidad nunca andaba lejos en el idioma dowayo. Una variación de tono convierte la partícula interrogativa, que se añade a una frase para transformarla en pregunta, en la palabra más malsonante del idioma, algo parecido a “coño”. Así pues, solía yo desconcertar y divertir a los dowayos saludándolos de este modo tradicional:

“¿Está el cielo despejado para ti, coño?”

Un día me llamaron a la choza del jefe para presentarme a un brujo con poderes para propiciar la lluvia. Se trataba de un valiosísimo contacto y yo llevaba semanas pidiéndole con insistencia al jefe que arreglara un encuentro. Conversamos educadamente, tanteándonos uno a otro, y convenimos en que le haría una visita. Yo tenía prisa por marcharme porque había comprado un poco de carne por primera vez en un mes y la había dejado al cuidado de mi ayudante. Me levanté y le estreché la mano cortésmente. “Discúlpeme-dije-, tengo que guisar un poco de carne.” Al menos es lo que pretendía decir, pero debido a un error de tono declaré ante una perpleja audiencia: “Discúlpeme, tengo que copular con el herrero”.

Los habitantes de mi poblado se volvieron rápidamente expertos en traducir lo que había dicho a lo que quería decir. Es difícil discernir hasta dónde se incrementó mi dominio de la lengua y hasta dónde les enseñé a entender mi chapurreo particular.


“El antropólogo inocente. Notas desde una choza de barro” Nigel Barley, 1989

1/10/09

La justicia nos la hará Don Corleone


– He dado a mi hija una educación americana. Creo en América. Este país ha hecho mi fortuna. He concedido a la chica absoluta libertad, pero le he enseñado siempre que no debía hacer nada que pudiera avergonzar a su familia. Se hizo amiga de un muchacho no italiano. Iba al cine con él, regresaba a casa muy tarde.... Lo acepté todo sin protestar; la falta es mía. Hace dos meses, él y otro chico se la llevaron a dar un paseo en coche. Los dos hicieron beber whisky a mi hija y luego trataron de abusar de ella. Mi hija resistió, supo guardar su honra. Entonces le pegaron como si fuera una bestia. Cuando acudí al hospital, tenía los ojos morados, la nariz rota, la mandíbula destrozada. La pobre no cesaba de llorar. “¿Por qué lo han hecho, papá?"  No pude contenerme; yo también me eché a llorar. Ella era la luz de mi vida, era una hija muy cariñosa y muy hermosa. Confiaba en la gente, pero ahora nunca más confiará en nadie. Ya nunca volverá a ser hermosa. Acudí a la policía como todo buen americano, y los dos muchachos fueron arrestados. Las pruebas eran abrumadoras. Se confesaron culpables y el juez los condenó a tres años de cárcel, pero suspendió la sentencia. Salieron en libertad el mismo día. Yo estaba de pie en la sala del tribunal, y comprendí que había hecho el ridículo. Al pasar, esos dos me sonrieron con sorna. En ese preciso instante le dije a mi esposa:  “La justicia nos la hará Don Corleone”.

El Don tenía la cabeza inclinada en señal de respeto por la pena de Bonasera. Sin embargo, cuando habló, las palabras sonaron frías, con la frialdad de la dignidad ofendida.

– ¿Por qué acudiste a la policía? ¿Por qué no viniste a mí desde el primer momento?
– ¿Qué quiere de mí? –dijo Amerigo Bonasera con voz apenas perceptible–. Pídame lo que quiera, pero atienda a mi ruego.
– ¿Y qué es lo que me pides? –dijo Don Corleone, con voz grave.

Bonasera miró a Hagen y a Sonny Corleone y negó con la cabeza. El Don, sentado todavía en la mesa de Hagen, se inclinó hacia el empresario de pompas fúnebres. Bonasera dudaba. Luego acercó los labios a la velluda oreja del Don, hasta rozarla. Don Corleone escuchó tal como lo hace un cura en el confesionario: con la mirada ausente, impasible, remoto. Estuvieron así durante mucho rato. Al cabo Bonasera se enderezó, se separó del Don, que le miraba gravemente.

– Eso no puedo hacerlo –respondió el Don finalmente.
– Pagaré todo lo que me pida –dijo Bonasera en voz alta y clara.
Al oír estas palabras, Hagen hizo un movimiento nervioso con la cabeza. Sonny Corleone, con los brazos cruzados, sonrió sardónicamente. Don Corleone se levantó con el rostro tan impasible como siempre.
– Tú y yo hace muchos años que nos conocemos –dijo con una voz helada como la muerte–. A pesar de ello, hasta hoy nunca me habías pedido consejo ni ayuda. Ni siquiera soy capaz de recordar cuándo fue la última vez que me invitaste a tu casa para tomar café, a pesar de que mi esposa es la madrina de tu única hija. Seamos francos: has rechazado mi amistad porque no querías deberme nada.
– No quería verme envuelto en líos –murmuró Bonasera. El Don levantó la mano en señal de disconformidad.
– No. No hables. Creías que América era un paraíso. Tenías un buen negocio y vivías muy bien. Pensabas que el mundo era un edén del que podías tomar todo lo bueno. Nunca te has preocupado de rodearte de buenos y verdaderos amigos. Después de todo ya tenías a la policía y los tribunales para protegerte. Nada malo podía ocurrir; ni a ti ni a los tuyos. Para nada necesitaban a Don Corleone. Muy bien. Has herido mis sentimientos, y no soy de los que dan su amistad a quienes no saben apreciarla. Ahora acudes a mi diciendo: “Don Corleone; quiero que haga justicia”. Y no sabes pedir con respeto. No me ofreces tu amistad. Vienes a mi casa el día de la boda de mi hija, me pides que mate a alguien y dices –aquí el Don se puso a imitar la voz y los gestos de Bonasera–: “Pagaré todo lo que me pida”. No, no. No te guardo rencor, pero ¿puedes decirme qué te he hecho para que me trates con esta absoluta falta de respeto?
– América se ha portado bien conmigo. – dijo Bonasera, con la voz ahogada por la angustia y el temor. 

El Don aplaudió.

-Has hablado bien, pero que muy bien. Así pues, de nada puedes quejarte. El juez ha dictado sentencia. América ha dictado sentencia. Cuando vayas al hospital, lleva a tu hija un ramo de flores y una caja de bombones, eso la consolará. ¡Alégrate, hombre! Después de todo, no ha sido nada grave; los muchachos eran jóvenes y alegres, y uno de ellos es hijo de un político muy influyente. No, mi querido Amerigo, siempre has sido honrado. En fin, dame tu palabra de que vas a olvidarte de todo, como harían los americanos. Perdona y olvida. La vida está llena de desgracias.

La cruel y desdeñosa ironía de estas palabras, la ira contenida del Don, hicieron temblar al pobre empresario de pompas fúnebres, quien, a pesar de todo, aún encontró fuerzas para decir con arrogancia:

– Sólo le pido que haga justicia.
– El tribunal ya hizo justicia –adujo Don Corleone, con sequedad.
– No –replicó Bonasera, con un gesto de obstinación–. Hizo justicia a los jóvenes, pero no a mí.
Con una ligera inclinación, el Don dio a entender que había sabido apreciar la sutil diferencia.
– ¿Cuál es tu justicia? –preguntó seguidamente.
– Ojo por ojo –respondió Bonasera.
– Has pedido más. Tu hija está viva –señaló el Don.
– Que sufran como sufre ella –convino Bonasera.- ¿Cuánto quiere? –dijo en tono desesperado. Don Corleone le volvió la espalda, queriendo indicar que la entrevista había terminado. Pero Bonasera no se movió. Finalmente, como un hombre de buen corazón que no puede enfadarse con un amigo descarriado, Don Corleone se volvió hacia el empresario de pompas fúnebres, que estaba tan pálido como uno de sus cadáveres. No cabía duda; Don Corleone era amable y paciente.

–Si hubieses acudido a mí, mi bolsa hubiera sido tuya. Si hubieses acudido a mí en demanda de justicia, aquellos cerdos que dañaron a tu hija estarían llorando amargamente desde hace tiempo. Si por desgracia, por circunstancias de la vida, un hombre honrado como tú se hubiese creado algún enemigo, éste se hubiera convertido automáticamente en enemigo mío –el Don apuntó con el dedo a Bonasera–. Y créeme, te hubiese temido.
Bonasera inclinó la cabeza.
– Quiero su amistad. La acepto –murmuró. Don Corleone apoyó la mano sobre el hombro de Bonasera.
– Bien, tendrás justicia –aseguró–. Algún día, un día que tal vez nunca llegue, te llamaré para pedirte algún pequeño servicio. Hasta entonces, considera esta justicia como un regalo el día de la boda de mi hija.



"El Padrino" Mario Puzo, 1969.