... HURTFEW ABBEY

8/11/21

Dersú Uzalá

 



- No poder - discrepó Dersú-. Nuestra así no puede. Hay que dar a gente alrededor. Si sólo una gente comer, es pecado. 

- No hay que reñir - les decía calmadamente Dersú-. Mejor escucha, os cantaré una canción. 

- Termina de comer - dijo Dersú con tono satisfecho-. Hoy noche nuestra mira estrellas. Mañana mira sol.

- Él es gente muy astuta - dijo Dersú-. Hay que perseguir, si no pronto como toda la miel.
Tras decir estas palabras, Dersú exclamó:
- ¡Tú qué gente eres! ¡Tú cómo karabchí miel ajena!
El oso se giró. Al vernos, echó a correr y rápidamente desapareció tras el peñasco.

- ¿A quién gritas? ¿Con quién hablas? - le preguntaron los fusileros.
- A amba (tigre) - contestó -, Mía le dice: en vivac muchos soldados hay. Los soldados dispara, entonces mía no culpable. 

- Mía antes esta gente mucho no ver - dijo señalando un escarabajo-. Uno a uno cada año los encuentra... ¿Cómo ahora es tantos?

- ¡Qué ha pasado? - le pregunté al gold.
- Mía piensa que este lugar es malo- respondió-. Mía río va, quiero agua coger y el pez enfada.
- ¿Cómo que se enfada? - se sorprendieron los soldados y se echaron a reír.
- ¿De qué vuestra ríe? - dijo Dersú, enfadado-. Pronto vais a llorar.
Finalmente averigüé de qué se trataba. Cuando iba a sacar agua, la cabeza de un pez asomó en el río. Abriendo y cerrando la boca, miró a Dersú.
- El pez también es gente - dijo Dersú, acabando el relato-. Suya también puedo hablar, sólo que en silencio. Nuestra a él no entiende nada. 

-¿Qué ha sido eso? - le dije al gold- ¿Un ciervo?
Dersú movió la cabeza negativamente.
-¿Tal vez un oso?
- No- respondió.
- Entonces ¿qué? - pregunté con impaciencia.
- No sé - contestó-. La noche acaba, las huellas mira. Entonces comprende.

- El pez habla, dispara la piedra y tú, capitán, en la niebla mira mal. Por la noche una gente mala va... Mía piensa en este lugar el diablo vive. ¡Mía no quiere dormir otra vez aquí!

- ¿Por qué ruges? - le gritó Dersú-. Mía no te toca. ¿Por qué te enfadas?
Entonces el tigre pegó un brinco hacía atrás y continuó rugiendo a varios pasos de distancia. El gold volvió a gritarle que se fuera. El tigre dio aún varios saltos y de nuevo se puso a rugir.
Al ver que la terrible fiera no quería marcharse, Dersú le gritó:
- ¡Bueno, bien! Tú no quiero marchar, mía dispara. Entonces no tendré culpa.

- Mía ahora mucho tiene miedo - dijo, poniendo fin a su relato-. Antes mía todo tiempo solo va, nada teme. Ahora algo mira. Piensa, huella mira. Piensa, sólo taiga duerme. Piensa...

- Dersú- le pregunté-, qué es el sol?
Me miró con perplejidad y me lanzó una pregunta:
- ¿Es que nunca lo has visto? ¡Mira! - me dijo, mostrándome con la mano el disco solar que en este instante se levantaba sobre el horizonte.
Todos se echaron a reír. Dersú quedó insatisfecho: ¿Cómo se podía preguntar a una persona qué era el sol, cuando el propio sol se encuentra a la vista? Lo tomó como una burla.

- ¡Qué gente! - dijo con sinceridad-. Así camina, mueve cabeza, igual que niños. Hay ojos, mira nada. Esta gente no puede vivir en cerros. Pronto desaparece.

- Mira, capitán - dijo-, es una uikta (estrella) pequeña.
Durante un buen rato no comprendí cuál era el astro que me estaba indicando. Finalmente, tras oír sus explicaciones, entendí que hablaba de la estrella Polar. 
- Es la gente más importante - continuó hablando el gold-. Está siempre en el mismo lugar, todas las uiktas alrededor.
En este instante una brillante estrella fugaz cruzó el firmamento.
- ¿Qué es eso, Dersú? ¿Qué crees? - le pregunté.
- Una uikta ha caído. 

Según su idea, no sólo las personas, fieras, a veces, peces e insectos poseen alma y sombra (jania). Las plantas, las piedras, en general, todos los objetos inanimados también las tienen. 
- Gente duerme - decía Dersú-, jania camina. Jania atrás camina, gente despertó.
El alma abandona el cuerpo, peregrina y ve muchas cosas cuando la persona duerme. Los sueños se explican así. El alma de los objetos inanimados también puede abandonar su materia. Desde el punto de vista de Dersú, el espejismo que habíamos vistos era la sombra (jania) de tres objetos que en ese momento se encontraban es estado de reposo

El bosque adquiría un tono cada vez más monótono, gris y apagado, lo cual indicaba la proximidad del invierno. Los arbustos, privados ya de sus suntuosos ornamentos, comenzaban a tener un sorprendente parecido unos con otros. La negra y fría tierra, cubierta de hojarasca, se sumía en un sueño letárgico. Las plantas se preparaban para morir dócilmente y sin protestas. 

- ¿Por qué tiras carne al fuego? - me preguntó con aire insatisfecho-. ¡Cómo se puede quemar en vano! Nuestra mañana vamos, aquí viene otra gente y come. Si tira carne al fuego, así desaparece.
- ¿Y quién más va a venir aquí? - le pregunté por mi parte. 
- ¿Cómo ue quién? - dijo sorprendio-. Mapache va, tejón o corneja va. Si no hay corneja, ratón va. Si no hay ratón, hormiga va. En taiga hay mucha distinta gente. 

"Dersú Uzalá"  Vladimir Arséniev (Akal. Básica de Bolsillo) 






25/11/20

De pájaros y nidos



El eucalipto, que era más alto que el pino y que los más viejos árboles, daba albergue a una pareja de cuervos y estba orgulloso de haber sido seleccionado, porque esas aves buscan siempre los cúlmenes muy elevados y de difícil acceso. Un día en que su esencia se evaporaba al fuerte sol con tanta abundancia que todo el boque olía a eucalipto, se decidió a conversar con el poste telefónico, y le dijo:

- He notado que no adoptó usted ningún nido, Señor. Quizá porque no conoce aún a los pájaros que aquí viven y no ha hecho su elección. Me gustaría orientarla, pues supongo que usted sostendrá un nido con agrado. Nos convierten en algo así como un regazo maternal. Yo alojo a unos cuervos. No molestan, pero confieso que son poco decorativos. Quisiera recomendarle a usted las oropéndolas. Ya habrá visto oropéndolas en Cecebre. Pues bien, cuelgan sus nidos con tanta belleza y originalidad que no desmerecería de las que a usted le ennoblecen.

El poste crujió. 

"El bosque encantado"  Wenceslao Fernández Flórez. Edición Austral, 20020

Cantar al vino


 
Allá donde florezca el arrayán,
donde haya vino y laúdes,
detente, no des un paso más,
y que escancie la bebida
la copera que inspira
los poemas; que bailotee
el vino fresco en las copas;
que destellen las burbujas
en la mezcla como soles
o rayos en la tormenta.

Abu Nuwás "Cantar al Vino" Cátedra 

Una muerte tranquila lejos del mar


 Mas luego que en tu mansión hayas dado muerte a los pretendientes, ya con astucia, ya cara a cara con agudo bronce, toma un manejable remo y anda hasta que llegues a aquellos hombres que nunca vieron el mar, ni comen manjares sazonados con sal, ni conocen las naves de encarnadas proas, ni tienen noticia de los manejables remos que son como las alas de los buques. Para ello te diré una señal muy manifiesta que no te pasará inadvertida. Cuando encontrares otro caminante y te dijera que llevas un aventador sobre el gallardo hombro, clava en tierra el manejable remo, haz al soberano Poseidón hermosos sacrificios de un carnero, un toro y un verraco, y vuelve a tu casa, donde sacrificarás sagradas hecatombes a los inmortales dioses que poseen el anchuroso cielo, a todos por su orden. Te vendrá más adelante y lejos del mar una muy suave muerte (...). 


Homero "Odisea"  Edición Austral singular 2019

22/7/20

Cetus

CETUS

CET/CETI, EL MONSTRUO MARINO O LA BALLENA

CATEGORÍA POR TAMAÑO: 4
ASTERISMOS: LA CABEZA



Una calma inquietante y los sonidos, apenas audibles, de una playa veraniega. Unas piernas largas y hermosas se mueven bajo el agua, y de pronto, un golpe en el agua y el sonido de la playa a todo volumen. Después, la calma inquietante, de nuevo, y las piernas bajo el agua.

Esta escena ya la has visto.

Una niña inocente corriendo por la orilla, los niños juegan con las olas. Barcas inflables, gritos de emoción, una película veraniega en súper 8.

Esta escena ya la has visto.

Desde la oscuridad profunda del océano un monstruo enorme avanza hacia la luz. El pez se ha desviado de su camino y las aguas tiemblan a su paso. Una calma inquietante y unas piernas que chapotean en el agua,

Esta escena ya la has visto.

¿Qué clase de criatura apestosa es ésta que emerge de las profundidades del mar con el lomo cubierto de crustáceos y viejas algas saliendo de sus branquias, acechando con voracidad insaciable, sembrando el terror en las costas, diezmando a la población y desafiando a los héroes desde que el tiempo es tiempo?

¿Es acaso Tiamat, la bestia babilonia del caos primigenio? (...) 
¿Es entonces el monstruo a quien Perseo mató para salvar a Andrómeda? (...) 
¿Acaso se trata del dragón a quien el rey, desesperado, estaba a apunto de entregarle a su preciosa hija, justo en el momento en el pasaba San Jorge? (...) 
¿Puede ser Moby Dick?

¿Quién es nuestro amigo marino? Este monstruo sin rostro que ha asolado nuestras costas y nuestra imaginación durante millones de años, que emerge de las profundidades de nuestras mentes y nos ataca en sueños y a quien vemos, no sólo en nuestras pesadillas, sino también en las estrellas.

Unas piernas chapoteando en el agua, niños chillando, el sonido de ...¿un chelo? ¿una trompeta? (no, es una tuba) alternando esas dos notas hipnóticas, mientras algo asciende, lentamente, en dirección a las piernas.

Creo que sabes bien quién es Cetus.


"Atlas de las constelaciones. Las historias que nos cuentan las estrellas" 
Susanna Hislop y Hanna Waldron 

22/4/20

Heine on the road

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Si, me parece a veces que el diablo, la nobleza y los jesuitas existen solo en la medida en que se cree en ellos. Del diablo lo podríamos afirmar sin duda, aunque solo los creyentes lo han visto hasta ahora. También con relación a la nobleza en poco tiempo tendremos la prueba de que la bonne societé dejará de ser la bonne societé, tan pronto como el buen ciudadano deje de tener la bondad de considerarla la bonne societé.

El catolicismo en una una religión para un barón distinguido que puede andar ocioso todo el día y para un entendido de arte; pero no es religión para un hamburgués, para alguien que tiene su negocio, y no es no absoluto una religión adecuada para un expendedor de lotería. Tengo que escribir con total exactitud cada uno de los números que se extraen, y si por casualidad pienso en el "dong dong" de la campana católica, o si esta se balancea delante de mis ojos, como un incensiario católico, y me equivoco y escribo un número falso, se puede producir entonces la más grande desgracia. A menudo se lo decía al señor Gumpel : "Su Excelencia es un hombre rico y puede ser tan católico como quiera, y puede dejar que le sahúmen el raciocinio de forma completamente católica, y puede volverse tan bobo como una campana católica y, sin embargo, seguirá teniendo qué comer. Pero yo soy un hombre de negocios y necesito tener la armonía de mis siete sentidos para ganar algo". El señor Gumpel piensa, por supuesto, que el catolicismo es necesario para la cultura y que si yo no me hago católico, no entenderé a Juan de Vieshel, ni a Correcho ni Carracho ni Carravacho... pero siempre he pensado que ni Correcho, ni Carracho ni Carravacho pueden ayudarme lo más mínimo si nadie me compra lotería, y entonces voy a la bancarrota.

Heinrich Heine "Cuadros de viaje" (1797-1856)




18/9/19

El camino que atravesaba el bosque



Cerraron el camino que atravesaba el bosque 
ya setenta años. 
El mal tiempo, la lluvia, lo han borrado. 
Y ahora nadie diría que una vez, 
antes de que arraigasen los árboles, incluso,
hubo un camino aquí, atravesando el bosque. 
bajo el brezal y las anémonas, 
lo tapan los arbustos; y solo el viejo guarda sabe que, 
donde anidan los torcaces y el tejón se revuelve, 
hubo un camino que atravesaba el bosque.
Pero si vas allí en verano, ya tarde, 
cuando el aire de la noche enfría en los estanques 
donde nadan las truchas y las nutrias
llaman a sus parejassin temer a los hombres
que no han visto jamás, 
oirás-si vas allí- el trote de un caballo 
y el roce de una falda en las hojas mojadas 
abriéndose camino por la oscuridad,
 como si conocieran, ellos, 
el camino que atravesaba el bosque, 
ahora que ya no existe
ese camino que atravesaba el bosque.

Rudyard Kipling "El camino que atravesaba el bosque"

Las Ítacas de Cavafis




Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

"Ítaca"
Constantino Cavafis


Gorriones

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La mañana de Santiago está nublada de blanco y gris, como guardada en algodón. Todos se han ido a misa. Nos hemos quedado en el jardín los gorriones, Platero y yo.

¡Los gorriones! Bajo las redondas nubes, que, aveces, llueven unas gotas finas, ¡cómo entran y salen en la enredadera, cómo chillan, cómo se cogen de los picos! Este cae sobre una rama, se va y la deja temblando; el otro se bebe un poquito de cielo en un charquillo del brocal del pozo; aquél ha saltado al tejadillo del alpende, lleno de flores casi secas, que el día pardo aviva.

¡Benditos pájaros, sin fiesta fija! Con la libre monotonía de lo nativo, de lo verdadero, nada, a no ser una dicha vaga, les dicen a ellos las campanas. Contentos, sin fatales obligaciones, sin esos olimpos ni esos avernos que extasían o que amedrentan a los pobres hombres esclavos, sin más moral que la suya ni más Dios que lo azul, son mis hermanos, mis dulces hermanos.

Viajan sin dinero y sin maletas: mudan de casa cuando se les antoja; presumen un arroyo, presienten una fronda, y solo tienen que abrir sus alas para conseguir la felicidad; no saben de lunes ni de sábados; se bañan en todas partes, a cada momento; aman el amor sin nombre, la amada universal.
Y cuando las gentes ¡las pobres gentes!, se van a misa los domingos, cerrando las puertas, ellos, en un alegre ejemplo de amor sin rito, se vienen de pronto, con su algarabía fresca y jovial, al jardín de las casas cerradas, en las que algún poeta, que ya conocen bien, y algún burrillo tierno—¿te juntas conmigo?—los contemplan fraternales.

"Platero y yo"
Juan Ramón Jiménez

16/5/18

Mitologías

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También tú tienes fantasías semejantes, sin duda, en algún  lugar, cuando lo quieran los astros que te gobiernan, al conducirte Saturno a los bosques, o tal vez la Luna a la orilla del mar (...)
"Bosques Encantados". El Crepúsculo Celta, 1893

Uno de los grandes problemas de la vida es que no podemos tener ninguna emoción pura. Siempre hay en nuestro enemigo algo que nos gusta, y en nuestro amor algo que nos desagrada. Es este enredo químico lo que nos hace viejos, y nos arruga la frente y hace más profundos los surcos de nuestros ojos. Si fuéramos capaces de amar y odiar con tan buen corazón como los Sidhe, podríamos volvernos tan longevos como ellos. En ellos jamás se agota el amor, y las órbitas de los astros no pueden rendir a sus pies danzantes,
"Los Incansables" El Crepúsculo Celta, 1893

Era una de esas noches cálidas y hermosas en las que todo parece tallado en piedras preciosas. Al sur, el Bosque de Sleuth parecía como esculpido en berilo verde y las aguas en las que espejeaba brillaban como un ópalo pálido. Las rosas que iba cortando eran como rubíes resplandecientes y los lirios poseían ese lustre mate de las perlas. Todo había cobrado el aspecto de lo imperecedero, todo excepto y¡una luciérnaga cuya tenue luz seguía brillando impasible entre las sombras, moviéndose lentamente de aquí para allá, lo único que parecía con vida, la única cosa que se antojaba perecedera como las esperanzas de los mortales.

"El corazón de la primavera". La Rosa Secreta, 1897.

"Mitologías" William Butler Yeats (1865 - 1939)

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12/5/18

La juventud del mar

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El hombre iba también a una caverna marina, donde, según dijeron luego las gentes, pasaba largas horas con una dame de mer, una especie de sirena local. Pero no me dí cuenta de que estaba loco hasta mi última visita, en la que charlando sobre filosofía griega aludí al "antiguo mar heleno". Al oírme estalló su obsesión y me arrastró febrilmente  a la ventana, mientras con palabras atropelladas calificaba de literaria toda atribución de antigüedad al mar. Quise objetarle que la Tierra envejece realmente y que los geólogos hablan de modelados antiguos, pero me interrumpió berreando.

"No me importaría que los montes fueran eternos" - vino a decir -; "al fin, son piedra muerta. ¡Lo insultante es esa inmortal juventud, esa espuma, esa brisa, esa onda jubilosa y azul recién derramada de la concha de Afrodita!" 

Jose Luis Sampedro "Mar de Fondo" 2016

17/2/17

Los cuentos de Matute


El cuento es astuto. Se filtra en el vino, en las lenguas de las viejas, en las historias de los santos. Se vuelve melodía torpe, en la gargante de un caminante que bebe en la taberna y toca la bandurria. Se esconde en las calumnias, en los cruces de los caminos, en los cementerios, en la oscuridad de los pajares. El cuento se va, pero deja sus huellas. Y aún las arrastra por el camino, como van ladrando los perros tras los carros, carretera adelante. El cuento llega y se marcha por la noche, llevándose debajo de las alas la rara zozobra de los niños. A escondidas, pegándose al frío y a las cunetas, va huyendo. A veces pícaro, o inocente, o cruel. O alegre, o triste. Siempre, robando una nostalgia, con su viejo corazón de vagabundo.

Ana María Matute en la biblioteca
"La puerta de la luna. Cuentos Completos"
Ana María Matute

9/2/17

La fisionomía del ladrón


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- ¡Un robo soberbio! ¡Ciencuenta y cinco mil libras! ¡No siempre tenemos ocasiones parecidas! ¡Los ladrones se van haciendo muy mezquinos! ¡La raza de los Sheppard se va extingiendo! ¡Ahora se dejan ahorcar tan sólo por unos cuantos chelines!.

- Señor Fix -continuó el cónsul- creo difícil que logre su misión. ¿Sabe que con las señas que ha recibido, ese ladrón se parece absolutamente a un hombre de bien?

- Señor cónsul - respondió dogmáticamente el inspector de Policía- los grandes ladrones se parecen siempre a los hombres honrados. Ya comprenderá usted que los que tienen trazas de bribones sólo cuentan con un recurso: el de ser probos, sin lo cual serían arrestados con asiduidad. Las fisionomias honradas son las que debemos desenmascarar más frecuentemente. Convengo que este trabajo es dificultoso, siendo más bien hijo del arte que del oficio.

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjMvVZ0JqI5k2WOmWdRaXL1WnyKlIWEmpuAA1SfkU7OHlA8_EvvfVCncnhM9S3zuNJ7u2Mp8P5Akx7w1BZyykj8rxWy6Vyh0kAxlX7Xeul7ZC_AFpH30J6nkb6o9zaNrowFBTBXtO2XzAg/s1600/Verne.jpg

"La vuelta al mundo en ochenta días"
Jules Verne

1/2/17

Aquí en la isla, el mar


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Aquí en la isla
el mar 
y cuánto mar 
se sale de sí mismo
a cada rato, 
dice que sí, que no, 
que no, que no, que no, 
dice que si, en azul, 
en espuma, en galope, 
dice que no, que no. 
No puede estarse quieto,
me llamo mar, repite 
pegando en una piedra 
sin lograr convencerla, 
entonces 
con siete lenguas verdes
de siete perros verdes, 
de siete tigres verdes,
de siete mares verdes,
la recorre, la besa, 
la humedece
y se golpea el pecho 
repitiendo su nombre. 

Oh mar, así te llamas, 
oh camarada océano,
no pierdas tiempo y agua, 
no te sacudas tanto, 
ayúdanos, 
somos los pequeñitos 
pescadores, 
los hombres de la orilla, 
tenemos frío y hambre
eres nuestro enemigo,
no golpees tan fuerte, 
no grites de ese modo, 
abre tu caja verde
y déjanos a todos 
en las manos 
tu regalo de plata:
el pez de cada día.

Aquí en cada casa
lo queremos
y aunque sea de plata, 
de cristal o de luna, 
nació para las pobres 
cocinas de la tierra. 
No lo guardes, 
avaro, 
corriendo frío como 
relámpago mojado
debajo de tus olas. 

Ven, ahora, 
ábrete 
y déjalo 
cerca de nuestras manos,
ayúdanos, océano, 
padre verde y profundo, 
a terminar un día
la pobreza terrestre.
Déjanos 
cosechar la infinita
plantación de tus vidas, 
tus trigos y tus uvas, 
tus bueyes, tus metales,
el esplendor mojado 
y el fruto sumergido.

Padre mar, ya sabemos 
cómo te llamas, todas 
las gaviotas reparten 
tu nombre en las arenas:
ahora, pórtate bien,
no sacudas tus crines,
no amenaces a nadie,
no rompas contra el cielo 
tu bella dentadura, 
déjate por un rato 
de gloriosas historias, 
danos a cada hombre, 
a cada
mujer y a cada niño, 
un pez grande o pequeño 
cada día.

Sal por todas las calles 
del mundo
a repartir pescado 
y entonces 
grita, 
grita
para que te oigan todos
los pobres que trabajan 
y digan, 
asomando a la boca 
de la mina:
"Ahí viene el viejo mar 
repartiendo pescado". 
Y volverán abajo, 
a las tinieblas, 
sonriendo, y por las calles
y los bosques 
sonreirán los hombres
y la tierra
con sonrisa marina. 


https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh-hgqT_NR-WNbIJgzAD8uRKnFqPortJErxKzuN40LfuDUddrBK7Atk3WcqthW5FaiPHfyMyfn91cXsy02zRIiz3TXb9a-GVDw16jly7-Kd2aZdkSJvE7O9QKpRQpo8trj1jjETIN_tKCJd/s1600/Pablo+Neruda.jpg
"Oda al mar"
Pablo Neruda (1904-1973)

En el páramo de Baskerville

 https://ahutton8.files.wordpress.com/2013/06/sherlockholmes.jpg

Y en ese momento fue cuando ocurrió la cosa más sorprendente e inesperada. Nos habíamos puesto en pie y tomábamos el camino de casa, abandonando la inútil persecución. La luna estaba baja en el cielo por la derecha. y la cúspide dentada de un gran peñasco de granito se alzaba sobre el fondo de la curva inferior del disco de plata. Allí, silueteada lo mismo que negra estatua de ébano sobre aquel fondo brillante, distinguí sobre el peñasco la figura de un hombre.

No se imagine, Holmes, que aquello fue un engaño de los sentidos. Le aseguro que jamás he visto en mi vida una cosa con mayor claridad. Por lo que pude ver, la figura era la de un hombre alto y delgado. Se hallaba en pie, con las piernas un poco abiertas, los brazos cruzados, la cabeza inclinada, como si meditase contemplando la enorme extensión de turba y de granito que se abría delante de él. Quizá fuera el espíritu mismo de aquel lugar terrible. 

Yo dejé escapar un grito de sorpresa y se lo señalé al baronet, pero durante el breve instante que yo me volví para agarrarle del brazo, el hombre había desaparecido. Allí seguía estando la cúpula afilada de granito, cortando el extremo inferior de la la luna, pero ya no quedaba en aquella cumbre rastro alguno de la figura silenciosa e inmóvil.

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Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930)
"El sabueso de los Baskerville"

Metamorfosis

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Y ya he dado término a una obra que ni la ira de Júpiter ni el fuego, ni el hierro, ni el tiempo devorador podrán destruir. Ese día, que, sin embargo, no tiene poder más que sobre mi cuerpo, pondrá fin cuando quiera al incierto espacio de mi existencia; pero yo volaré, eterno, por encima de las estrellas con la parte mejor de mi, y mi nombre persistirá imborrable. Y allá por donde el poder de Roma se extienda sobre las tierras sometidas, los labios del pueblo me leerán, y por todos los siglos, si algo de verdad hay en las predicciones de lo spoetas, gracias a la fama yo viviré.

Ovidio. "Metamorfosis"

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11/9/16

La sirena


La sirenita viene a visitarme de vez en cuando. Me cuenta historias que cree inventar, sin saber que son recuerdos. Sé que es una sirena, aunque camina sobre dos piernas. Lo sé porque dentro de sus ojos hay un camino de dunas que conduce al mar. Ella no sabe que es una sirena, cosa que me divierte bastante. Cuando ella habla yo simulo escucharla con atención pero, al mínimo descuido, me voy por el camino de las dunas, entro al agua y llego a un pueblo sumergido donde hay una casa, donde también está ella, sólo que con escamada cola de oro y una diadema de pequeñas flores marinas en el pelo. Sé que mucha gente se ha preguntado cuál es la edad real de las sirenas, si es lícito llamarlas monstruos, en qué lugar de su cuerpo termina la mujer y empieza el pez, cómo es eso de la cola. Sólo diré que las cosas no son exactamente como cuenta la tradición y que mis encuentros con la sirena, allá en el mar, no son del todo inocentes. La de acá, naturalmente, ignora todo esto. Me trata con respeto, como corresponde hacerlo con los escritores de cierta edad. Me pide consejos, libros, cuenta historias de balandras y prepara licuados de zanahoria y jugo de tomate. La otra está un poco más cerca del animal. Grita cuando hace el amor. Come pequeños pulpos, anémonas de mar y pececitos crudos. No le importa en absoluto la literatura. Las dos, en el fondo, sospechan que en ellas hay algo raro. No sé si debo decirles cómo son las cosas.

http://www.esacademic.com/pictures/eswiki/65/Abelardo_Castillo_1.jpg

(Cuentos completos, Buenos Aires, Alfaguara 1997)

10/3/15

El bosque chileno



...Bajo los volcanes, junto a los ventisqueros, entre los grandes lagos, el fragante, el silencioso, el enmarañado bosque chileno... Se hunden los pies en el follaje muerto, crepitó una rama quebradiza, los gigantescos raulíes levantan su encrespada estatura, un pájaro de la selva fría cruza, aletea, se detiene entre los sombríos ramajes. Y luego desde su escondite suena como un oboe... Me entra por las narices hasta el alma el aroma salvaje del laurel, el aroma oscuro del boldo... El ciprés de las gutecas intercepta mi paso... Es un mundo vertical: una nación de pájaros, una muchedumbre de hojas... 

Tropiezo en una piedra, escarbo la cavidad descubierta, una inmensa araña de cabellera roja me mira con ojos fijos, inmóvil, grande como un cangrejo... Un cárabo dorado me lanza su emanación mefítica, mientras desaparece como un relámpago su radiante arcoiris... Al pasar cruzo un bosque de helechos mucho más alto que mi persona: se me dejan caer en la cara sesenta lágrimas desde sus verdes ojos fríos, y detrás de mí quedan por mucho
tiempo temblando sus abanicos... 

Un tronco podrido: ¡qué tesoro!... Hongos negros y azules le han dado orejas, rojas plantas parásitas lo han colmado de rubíes, otras plantas perezosas le han prestado sus barbas y brota, veloz, una culebra desde sus entrañas podridas, como una emanación, como que al tronco muerto se le escapara el alma... 

Más lejos cada árbol se separó de sus semejantes... Se yerguen sobre la alfombra de la selva secreta, y cada uno de los follajes, lineal, encrespado, ramoso, lanceolado, tiene un estilo diferente, como cortado por una tijera de movimientos infinitos... Una barranca; abajo el agua transparente se desliza sobre el granito y el jaspe... Vuela una mariposa pura como un limón, ganando entre el agua y la luz... A mi lado me saludan con sus cabecitas amarillas las infinitas calceolarias... 

En la altura, como gotas arteriales de la selva mágica se cimbran los copihues rojos (Lapageria Rosea)... El copihue rojo es la flor de la sangre, el copihue blanco es la flor de la nieve... En un temblor de hojas atravesó el silencio la velocidad de un zorro, pero el silencio es la ley de estos follajes... Apenas el grito lejano de un animal confuso... La intersección penetrante de un pájaro escondido... El universo vegetal susurra apenas hasta
que una tempestad ponga en acción toda la música terrestre.

Quien no conoce el bosque chileno, no conoce este planeta.

De aquellas tierras, de aquel barro, de aquel silencio, he salido yo a andar, a cantar por el mundo.

"Confieso que he vivido" Pablo Neruda, 1974

16/9/12

Los mascarones de proa

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¡Mascarones! ¡Viejos mascarones de proa!

Cuando os contemplo, mascarones de proa, carcomidos por el viento y la humedad, pienso en vuestras aventuras atrevidas, en los abismos vislumbrados por vosotros en el fondo del mar, en las nubes de espuma atravesadas, en los escollos sorteados, en los arrecifes peligrosos, en las tempestades y en las tormentas…

¡Mascarones! ¡Viejos mascarones de proa!

Vosotros erais el remate de algo divino, como el barco de vela; vosotros erais su enseña, la ornamentación del bello y gallardo casco, con su erguido bauprés: leones, cabezas de Medusa, sirenas, cuernos de la abundancia, centauros tañedores de liras, Ceres, Pomonas, Neptunos, guerreros, dragones, santos, toros, virtudes, Victorias; antiguos y nuevos parasemos ornamentales…

¡Mascarones! ¡Viejos mascarones de proa!

Vosotros habéis cruzado el mundo de un extremo a otro de los dos hemisferios, bajo la Estrella Polar; bajo la Cruz del Sur,; habéis visto los mares cuando éstos eran todavía vírgenes y encantados; las islas misteriosas, las Hespérides y las Trapobanas, la isla del Fuego y la lejana Thule; habéis llevado los complicados cachivaches de la civilización y la guardarropía de las religiones por los extremos del mundo, por encima y por debajo de la línea ecuatorial; habéis traído y llevado el oriente al occidente y el occidente al oriente, la canela y la batata los géneros del algodón; habéis transportado todas las ideas, todos los mitos, todas las locuras de los hombres…

¡Mascarones!¡Viejos mascarones de proa!

Cuando antes os acercabais al puerto, hendiendo el agua azul, vuestra figura en la proa y la bandera en la popa; cuando vuestra nave empavesada llenaba el aire con sus velas blancas y remataba su silueta con sus gallardetes y sus oriflamas, el hombre de tierra os miraba con admiración y vosotros, Ceres, Pomonas y Neptunos, guerreros, dragones y santos, parecíais genios marinos, misteriosos y tutelares, que observaran de cerca las aguas…

¡Mascarones! ¡Viejos mascarones de proa!

Ahora, al veros con los colores marchitos, Ceres, Pomonas y Victorias; al contemplaros con vuestra nariz carcomida,, vuestras mejillas sin color y las pupilas muertas; al veros arrumbados, ruinosos, viejos parasemos ornamentales; al comprobar que no sois más que troncos de madera podridos, siento la tristeza de la vida pasada, de la muerte de todo lo extraordinario y lo fabuloso…

¡Mascarones! ¡Viejos mascarones de proa!

Pío Baroja "El Laberinto de las Sirenas" 1923

23/11/11

La Noche del Indio


El cielo lejano, que lleva siglos llorando lágrimas de compasión sobre mi pueblo, y que a nuestros ojos parece eterno e inmutable, puede cambiar. Hoy está despejado. Mañana podría aparecer cubierto de nubes. Mis palabras son como las estrellas que nunca cambian. Cualquier cosa que Seattle diga, el gran jefe de Washington puede confiar en ella con la misma certeza con la que confía en el retorno del sol o de las estaciones. El jefe blanco dice que el Gran Jefe de Washington nos manda muestras de amistad y buenos deseos. Esto es amable por su parte, ya que somos conscientes de que poca necesidad tiene de nuestra amistad. Su gente es numerosa, son como la hierba que cubre las vastas praderas. Mi gente es escasa, parecen árboles dispersos en una llanura barrida por el viento. El gran, (e imagino) buen Gran Jefe Blanco nos envía el deseo de comprar nuestra tierra, pero está dispuesto a permitirnos quedarnos la suficiente para vivir con comodidad. Verdaderamente esto parece un trato justo, porque el Hombre Rojo ya no tiene cómo hacer respetar sus derechos, y también parece sabio, ya que ahora no necesitamos de grandes espacios para vivir.

Hubo un tiempo en el que nuestra gente cubría la tierra, de la misma manera que las olas del mar encrespado cubrían el fondo pavimentado de conchas, pero esos tiempos tiempoque desaparecieron junto con la grandeza de las tribus, de las cuales no queda sino un triste recuerdo. No voy a insistir ni a lamentarme sobre nuestra prematuro declive, ni tampoco voy a reprochárselo a mis hermanos pieles blancas ya que el propio hombre rojo también es, en cierta medida, culpable de ello.

La juventud es impulsiva. Cuando nuestros hombres jóvenes se enfurecen ante alguna ofensa, real o imaginaria, y desfiguran sus rostros con pintura negra, denotan que sus corazones también son negros, y en ocasiones pueden ser crueles y despiadados, y nuestros ancianos y ancianas son incapaces de refrenarles. Así ha sido desde siempre. Así fue cuando el hombre blanco comenzó a empujar a nuestros antepasados cada vez más hacia el oeste. Pero esperemos que las hostilidades entre nosotros nunca vuelvan: tendríamos todo que perder y nada que ganar. La venganza es considerada por los jóvenes como una ganancia, aunque sea al coste de sus propias vidas. Pero los ancianos que permanecen en casa en tiempos de guerra, y las madres que tienen hijos que perder, ellos saben mejor.

Nuestro buen padre en Washinton – ya que deduzco que él es ahora nuestro padre así como el vuestro, ya que el Rey Jorge ha movido sus fronteras hacia el norte- nuestro gran y buen padre, cómo digo, nos manda el recado de que si hacemos lo que desea,  él nos protegerá. Sus bravos guerreros serán para nosotros como una fuerte y erizada muralla, y sus maravillosos barcos de guerra reabastecerán nuestros puertos para que nuestros ancestrales enemigos – los Haidas y los Tsimshians- dejen de asustar a nuestras mujeres, ancianos y niños. De esta manera, verdaderamente él se convertiría en nuestro padre, y nosotros en sus hijos. ¿Pero acaso ocurrir algo así? ¡Vuestro Dios no es nuestro Dios! ¡Vuestro Dios ama a vuestra gente y odia a la nuestra! Él extiende sus fuertes brazos protectores alrededor de los rostros pálidos y les guía de la mano, como un padre guía a su hijo pequeño. Pero Él ha renegado de sus hijos rojos, si es que realmente son Suyos. Nuestro Dios, el Gran Espíritu, parece que también ha renegado de nosotros. Vuestro Dios hace que los blancos crezcan con fuerza cada día que pasa. Pronto ocuparán toda la tierra. Nuestra gente está desvaneciéndose como una rápida marea que se retira para no volver jamás. El Dios del hombre blanco no puede amar a nuestra gente, porque si no la protegería. Parece que somos huérfanos que no podemos girarnos hacia nadie en busca de ayuda. ¿Cómo es posible que seamos hermanos? ¿Cómo puede vuestro Dios convertirse en nuestro Dios y traer de vuelta la prosperidad y hacer renacer en nosotros sueños de renovada grandeza? En el caso de que tengamos un Padre Celestial común, éste debe ser parcial, ya que solo se presentó ante sus hijos de rostro pálido. Nosotros nunca Le vimos. Él os dio leyes, pero no tuvo palabras para sus hijos rojos, cuyas vibrantes multitudes antaño cubrieron este vasto continente, igual que las estrellas cubren el firmamento. No, somos dos razas distintas con orígenes separados y separados destinos. Hay muy poco en común entre nosotros.

Para nosotros las cenizas de nuestros antepasados son sagradas y su lugar de descanso es tierra bendecida. Vosotros vagáis lejos de las tumbas de vuestros antepasados, aparentemente sin remordimiento. La religión de los blancos fue escrita sobre tablas de piedra por el dedo de hierro de vuestro Dios, para que así no podáis olvidarla. El Hombre Rojo nunca podrá entenderlo ni recordarlo. Nuestra religión se compone de las tradiciones ancestrales y de los sueños de nuestros ancianos, que les son otorgados en las horas solemnes de la noche por el Gran Espíritu; así como las visiones de nuestros sachems, y todo ésto está escrito en los corazones de la gente.

Vuestros muertos dejan de amaros, a vosotros y a la tierra de su nacimiento, tan pronto como traspasan los umbrales de la tumba y deambulan cada vez más lejos, más allá de las estrellas. Pronto son olvidados, y nunca regresan. Nuestros muertos sin embargo nunca olvidan este hermoso mundo que les dio el ser. Ellos todavía aman sus verdeantes valles, sus ríos llenos de murmullos, sus magníficas montañas, aisladas vegas, sus lagos y bahías rodeados de verdor, y siempre ansían con ternura derramar amor y comprensión sobre los seres vivos de corazón solitario. Muchas veces regresan de los felices cazaderos para visitarlos, guiarlos, consolarlos y aliviarlos.

El día y la noche no pueden vivir juntos. El Hombre Rojo siempre ha huido de la aproximación del Hombre Blanco, como la bruma de la mañana huye ante el sol naciente. De cualquier manera, vuestra propuesta parece justa y creo que mi pueblo la aceptará y se retirará a la reserva que le habéis ofrecido. Y allí habitaremos, apartados y en paz, ya que las palabras del Gran Jefe Blanco parecen las palabras del destino hablando a mi gente desde la densa oscuridad.

Poco importa donde pasemos el resto de nuestros días. No serán muchos. La noche del Indio promete ser oscura. Ni una sola estrella de esperanza se alza sobre este horizonte. Voces tristes en el viento se lamentan a lo lejos. Un siniestro destino parece asentarse en la senda del Hombre Rojo, y adonde quiera que vaya, oirá aproximarse las pisadas de su cruel destructor, y se preparará estólidamente para enfrentar su condena, tal y como hace la paloma herida cuando oye cada vez más cerca los pasos del cazador.

Unas pocas lunas más, unos cuantos inviernos, y ni siquiera un descendiente de las grandiosas tribus que antes se movieron sobre esta ancha tierra, o vivieron en alegres hogares protegidos por el Gran Espíritu, quedará en pie para lamentarse sobre las tumbas de un pueblo antaño más poderoso y más esperanzado que el vuestro. ¿Pero por qué habría de afligirme ante el prematuro destino de mi gente? Una tribu sigue a otra tribu, y una nación sigue a otra nación, como las olas del océano. Tal es el orden de la naturaleza, y lamentarse es inútil. 

El tiempo de vuestra decadencia puede que esté distante, pero sin duda llegará, ya que ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla con él como su fueran amigos, puede librarse de este destino común. Quizás seamos hermanos a pesar de todo. Ya veremos.

Meditaremos sobre vuestra propuesta y cuando decidamos, os lo haremos saber. Pero en el caso de que aceptemos, yo aquí y ahora impongo una condición: que no seremos privados del privilegio de visitar las tumbas de nuestros antepasados, amigos y niños, siempre que queramos y sin que nadie nos moleste. Cada parte de esta tierra es sagrada en la estimación de mi gente. Cada colina, cada valle, cada llanura y cada gruta han sido bendecida por algún evento alegre o triste, en días ya desvanecidos. Incluso las rocas, que parecen mudas y muertas, abrasadas por el sol a lo largo de la costa silenciosa, incluso ellas rebosan con las memorias de apasionantes eventos conectados con las vidas de mi gente, y el mismo polvo sobre el que ahora pisáis responde más amorosamente a nuestras pisadas que a las vuestras, porque está enriquecido con la sangre de los antepasados, y nuestros pies descalzos son conscientes de esta conexión. Nuestros difuntos guerreros, cariñosas madres, felices muchachas de corazón alegre, e incluso los niños pequeños que vivieron y se regocijaron aquí por una breve estación, amarán siempre estas oscuras soledades, y al caer la noche darán la bienvenida a las sombras de los espíritus que retornan. 

Y cuando el último hombre rojo haya muerto, y la memoria de mi tribu se haya convertido en un mito entre el hombre blanco, estas costas bullirán con los espíritus invisibles de nuestra tribu. Y cuando los hijos de vuestros hijos crean que están solos en el campo, en el almacén, en la tienda, sobre la carretera, o en el silencio de los bosques sin caminos, ellos no estarán solos. En toda la tierra, no habrá un solo lugar dedicado a la soledad. Por la noche, cuando las calles de vuestras ciudades y pueblos estén silenciosas y las creáis desiertas, ellas vibrarán abarrotadas con aquellos que regresan, y que todavía aman esta hermosa tierra. El hombre blanco nunca estará solo. Que él sea justo, y que trate amablemente a mi gente, porque los muertos no son impotentes.


Gran Jefe Seattle "Discurso publicado en el Seattle Sunday Star”
Oct. 29, 1887.